Se buscan maestros

A lo largo de nuestra historia, los mexicanos hemos vivido cuatro grandes luchas que han definido nuestro carácter como nación. Las primeras tres – la de Independencia, la de Reforma y la Revolución – son las más obvias. En todas ellas, la educación como tema y los educadores como actores jugaron un papel preponderante en la evolución del Estado mexicano. La cuarta, la que vivimos actualmente, no es contra poderes extranjeros o contra autócratas nacionales. La lucha en sí es contra las malas herencias de nuestro pasado y en búsqueda de la madurez de nuestra democracia, una democracia que vaya más allá de las urnas y que se refleje en la democratización de las instituciones necesarias para la modernización de nuestro país.

Decía Don Gabino Barrera, maestro y filósofo mexicano, que: “”La principal y más poderosa rémora que detiene a nuestro país en el camino del engrandecimiento es la ignorancia; la falta de ilustración de nuestro pueblo es la que lo convierte en pasivo e inconsciente instrumento de los intransigentes y parlanchines que lo explotan sin cesar, haciéndolo a la vez víctima y verdugo  de sí mismo”.”

Algunos dirían que la rémora llevaba por nombre Elba Esther Gordillo, otros que la rémora es el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Pero si la primera ya se enlató y la segunda sigue las corrientes de reforma, ¿entonces quiénes son los opositores? ¿Quiénes se benefician delstatus quo? Veámoslo así.

El presupuesto federal mexicano le destina más de $580 mil millones de pesos al sector educativo y si más del 90% de esos fondos son para los salarios de los maestros, resulta natural que su labor como servidores del Estado esté sujeto al escrutinio público. Desafortunadamente, la deficiencia académica e intelectual de nuestros estudiantes, reflejada tanto en pruebas nacionales como internacionales, indicaría que nuestros impuestos han sido invertidos inadecuadamente en maestros inadecuados. 

De acuerdo al estudio educativo más reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), a pesar de que México es el segundo país que más dinero gasta en educación, nuestro país es el último o penúltimo lugar en habilidades de lectura, matemáticas o ciencias. Contamos con algunos de los porcentajes de graduación de escuela preparatoria y universitaria más bajos y somos el tercer país con mayor número de “ninis”, jóvenes que ni trabajan ni estudian. En otras palabras: nuestra boleta de calificaciones da vergüenza.

Por ello no nos debe sorprender que algunos de los puntos más contenciosos en la reforma educativa sean la evaluación del desempeño de los maestros por parte de un organismo independiente (el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación) y la regulación, mediante concursos de oposición, del ingreso al servicio docente. La transparencia y la meritocracia son así los enemigos de aquellos maestros que explotan un sistema anticompetitivo de plazas fijas, aquellos maestros que anteponen sus bolsillos a la educación de sus estudiantes. En fin, esos individuos que le dan mal nombre a la profesión.

La primera batalla por la democratización de la educación mexicana se ganó el pasado diciembre, la siguiente etapa vendrá cuando se den los mecanismos para su implementación. Se buscan maestros, dedicados a la profesión y a la misión de formar mexicanos de bien, que lideren este nuevo sistema educativo que buscamos construir. México los necesita.

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